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Fecha de recepción: 5 diciembre 2011
Fecha de aceptación: 5 enero 2012
Fecha de publicación: 25 enero 2012
URL:http://oceanide.netne.net/articulos/art4-9.php
Oceánide número 4, ISSN 1989-6328

 

 

De Hoffmann a Barrantes pasando por Champfleury. A propósito de una imitación de Hoffmann publicada en El Mundo Pintoresco

 

Dra. Montserrat AMORES*

(Universitat Autònoma de Barcelona, Spain)

 

 

 

Cuando en 1858 el escritor Vicente Barrantes publicaba en una revista ilustrada de la época una “imitación” de un cuento de Hoffmann, no sabía que iba a adaptar para el público español un raro relato del autor de Los elixires del diablo  al que los editores y traductores españoles no han prestado atención hasta fechas recientes. Efectivamente, no conozco traducción española alguna de los siglos xix y xx de “Haimatochare”, el cuento de E.T.A. Hoffmann al que me refiero, hasta la de Ernesto Calabuig para la Nueva Revista de Política, Cultura y Arte en 2002[1]. Barrantes, siguiendo su costumbre y los usos de la época, optó no por traducir sino por adaptar a su manera el cuento de Hoffmann, alternando notablemente no tanto los acontecimientos sino los recursos utilizados por el escritor alemán.

 

Haimatochare” es uno de los últimos cuentos de E.T.A. Hoffmann, publicado en junio de 1819 en Der Freimüthige. Narrado en forma epistolar, viene encabezado por un prefacio firmado por el autor en el que señala que las cartas que forman el relato y que narran las desventuras de dos naturalistas, le fueron confiadas por su amigo Adalbert von Chamisso, indicando la oportunidad de publicarlas, puesto que son muestra de cómo un acontecimiento inofensivo puede acabar con una estrecha amistad. Hoffmann, ofreciendo al lector un juego entre verosimilitud y veracidad, señala como fuente de su relato a su amigo Adalbert von Chamisso, que fue nombrado en 1815 para un viaje naturalista a los Mares del Sur y alrededor del mundo; viaje que realizó a bordo del Rurik, bajo el mando de Otto von Kotzebue y que duró poco más de tres años[2]. Como ha señalado Anneliese W. Moore, el cuento fue concebido por Hoffmann gracias a las tertulias con sus amigos, entre los que se encontraba Chamisso:

 

Hoffmann, easily stimulated, but factually oriented and through in his background research, was intrigued by what he heard from Chamisso and he began to create a fictional voyage of his own. For this work he made use of Chamisso’s documentation, including the botanical and ethnographic collections which he had brought back from the expedition. (Moore, 1978: 14)

 

El escritor alemán trabaja en el cuento en febrero de 1819 y envía un esbozo a Chamisso, pidiéndole detalles para completar su relato. En mayo de ese mismo año el autor de Los elixires del diablopide a su amigo los últimos detalles y el relato se publica un mes más tarde, como señalaba, en Der Freimüthige. Anneliese W. Moore (1978), quien facilita estos datos, analiza “Haimatochare” a la luz de los textos de Chamisso y demuestra la estrecha colaboración de los dos amigos y el uso deliberado por parte de Hoffmann de nombres y lugares históricos. También Barbosa (2008) señala la experiencia de Chamisso como fuente de inspiración de este cuento.

 

Hamaitochare” es un relato en forma epistolar, único en el corpus de cuentos del escritor alemán, que narra las desavenencias entre dos grandes amigos naturalistas debido al descubrimiento de una nueva especie hallada en la isla de Hawai (O-Wahu). Consta de 15 cartas fechadas entre el 21 de junio de 18… y el 5 de octubre de 18…, remitidas desde Port Jackson (Australia), desde el Discovery, barco en el que se trasladan los dos investigadores hacia Hawai, regalo del Gobernador de Port Jackson al rey de la isla, y desde Honolulu (Hana-ruru). En las dos primeras cartas los corresponsales son los dos investigadores, J. Menzies y A. Broughton , que piden en la primera epístola al Capitán General y Gobernador de Nueva Gales del Sur permiso para que J. Menzies pueda embarcarse con su amigo Brougthon en el barco, puesto que solo Brougthon había sido designado para embarcarse hacia Hawai. El Gobernador responde positivamente a la demanda en la carta siguiente. A continuación Menzies envía un par de cartas a su amigo E. Johnstone en Londres, mostrando su entusiasmo por el viaje, sus deseos de trabajar mano a mano con su amigo Brougthon y su presentimiento de que en Hawai encontrará o bien la mayor de las fortunas o su peor desgracia. Meses después, en diciembre de 18…, Menzies anuncia a su amigo Johnstone su descubrimiento: ha encontrado sobre un tapiz en el que había plumas de paloma una criatura autóctona, llena de gracia y de encantos (“das herrlichste Kleinod der Insel war mein!” –exclama) (Hoffmann, 1967: 158). Menzies bautiza esa “joya” con el nombre de Hamaitochare y recubre la cajita en la que la encuentra con papel dorado. Broughton, mientras tanto, manifiesta al Gobernador su decepción por el comportamiento extraño de su amigo Menzies y su arrepentimiento al haberle animado a hacer el viaje juntos. Le siguen unas cartas de reproches entre ambos amigos en las que Brougthon dice ser el descubridor de Hamaitochare, y exige a su ya enemigo que le devuelva a su criatura; y dos breves cartas en que se acuerda el duelo. Seis días después el capitán Bligh envía una misiva al Gobernador de Nueva Gales en la que informa de todo lo ocurrido y descubre al lector la verdadera identidad de Hamaitochare, una especie autóctona de piojo o pulga, y también le participa la muerte de los dos amigos. En la última carta, remitida diez meses después, el capitán Bligh  informa al Gobernador que ha cumplido sus órdenes: el insecto ha sido sacrificado arrojándolo al mar en una ceremonia en la que estuvieron presentes los reyes de Hawai y las grandes personalidades del reino, y en la que todos los habitantes de la isla acabaron llorando.

 

Haimatochare” significa “delicia por la sangre” en griego antiguo, y en el relato se identifica con el insecto descubierto (Weinstein, 2002: 160). La característica más sobresaliente de este relato es la ambigüedad con la que Hoffmann hace que los científicos describan su descubrimiento, puesto que el lector puede dudar de si se trata de una mujer de la que parecen estar enamorados los dos científicos, o de un insecto. Ese era uno de los principales propósitos del escritor alemán: “The main thing is to keep the reader to the last moment in the belief that the fight was over thepossession of a young girl, a charming island beauty”, manifiesta a Chamisso en carta el 28 de febrero de 1819 (Moore, 1978: 15); aspecto estudiado por Valerie Weinstein en relación con la interpretación del cuento desde el colonialismo (2002). Deben destacarse también como rasgos específicos del relato, por un lado, la parodia sobre la literatura científica basada en las expediciones de la época, pues los protagonistas son dos científicos, especímenes directos del tipo de mad doctor o savant fou de la litertura fantástica del siglo xix; por otro, el tratamiento grotesco de los acontecimientos que convierten el cuento en una despiadada crítica al colonialismo.

 

Haimatochare” se tradujo al francés junto con otros textos póstumos del escritor alemán en 1856 por uno de los críticos de más reconocido prestigio del momento en París: Jules Champlfeury (Jules François Félix Husson), capaz de abogar por el realismo artístico y, al mismo tiempo, ofrecer a los lectores franceses las obras todavía no traducidas de E.T.A. Hoffmann. El volumen se tituló Contes posthumes d’Hoffmann traduits par Champfleury y fue editado por Michel Lévy Fréres.

 

Contiene una introducción sobre los cuentos de Hoffmann en Francia, retratos y semblanzas del autor alemán escritas por Rochlitz, Funk, Hitzig y Weber, ensayos sobre el escritor como músico, y siete “cuentos” del escritor: “Les Suites d’une queue de cochon”, “Histoire de l’Irlandais Ewson”, “Dernières aventures d’un aventurier”, "Haimatochare”, “Lettre du maître de chapelle Jean Kreisler”, “Les Méprises” y “La Fenêtre du coin du cousin[3].

 

Champfleury facilita algunas noticias más sobre la relación entre Hoffmann y Chamisso en la nota que precede a la traducción del cuento. Este último dio la idea a Hoffmann para el relato “Datura fastuosa”, cuyos protagonistas son también dos científicos, como en el cuento del que me ocupo. Señala también el traductor que el relato fue enviado por el amigo de Hoffmann M. Funck a Julius Eduard Hitzig, encargado de la edición de las obras póstumas del escritor. Siempre según Champfleury, Funk se dirigió a Hoffmann en 1819 pidiéndole un relato para publicarlo en una revista literaria y Hoffmann le envió “Haimatochare” con el “Prefacio” del cuento, que Champleury reproduce a continuación. Le sigue un breve comentario sobre la autoría del relato:

 

Je crois curieux et important de donner ici cette nouvelle de Chamisso et de faire connaitre en France un échantillon de ce charmant esprit champenois, qui avait porté en Allemagne le naturel français, en le revêtant de formes nouvelles. […] Hamaitochare n’a jamais été imprimé dans les œuvres de Chamisso et étais depuis vingt ans dans les tiroirs du libraire Funk, quand la publication des Oeuvres posthumes d’Hoffmann vint tirer ce conte spirituel de la poussière. (Champfleury, 1856 : 197)

 

Champfleury no considera, pues, el “Prefacio” como parte consustancial del relato, pues la transcribe inserta en su comentario que antecede al cuento. Parece, además, por el comentario reproducido arriba, que supone que la obrita es de Chamisso y cree a pie juntillas el contenido del “Prefacio” del cuento de Hoffmann.

 

Vicente Barrantes partió de esta traducción francesa de “Haimatochare” para su imitación española, si nos atenemos a las evidencias. “¿Quién es ella?” se publicó por primera vez en la revista madrileña El Mundo Pintoresco en el número 24 del 19 de septiembre de 1858 (190-192) con el subtítulo “Imitación de Hoffmann”. Posteriormente lo recopiló en su volumen de Cuentos y leyendas de 1875. En el prólogo del volumen señala que el relato tiene “muchos toques y reminiscencias de un cuento póstumo de Hoffman [sic.]“ (Barrantes, 1875: vi). Es esta una versión modificada de la narración que cuenta además con importantes ampliaciones en las que el autor se detiene en la descripción de las islas, de sus habitantes y de su historia, además de algunas especies animales. Viene además encabezada por los siguientes versos de la comedia ¿Quién es ella? (1848) de Manuel Bretón de los Herreros:

 

Cuentan de un Corregidor

            nada bobo,

que siempre que al buen señor

denunciaban muerte o robo,

atajaba al escribano

que leía la querella,

diciéndole: –al grano, al grano

¿Quién es ella? (Barrantes, 1875: 70)

 

Como he señalado en otro trabajo (Amores: 2010: 355), algunos pormenores señalan el texto de Champfleury como fuente. En primer lugar, Barrantes se refiere al cuento de Hoffmann como un cuento “póstumo” en el prólogo a la edición de sus cuentos de 1875, coincidiendo con el título del volumen de la traducción francesa de Champfleury. La proximidad entre el año de publicación del volumen francés, 1856, y la primera versión del cuento de Barrantes, 1858, avalan la conjetura, que se confirma al constatar que en “¿Quién es ella?” ha desaparecido también cualquier resquicio del “Prefacio” del cuento de Hoffmann, como ocurre en la traducción de Champfleury. Como es habitual, la cultura alemana llega a menudo a España mediante el filtro francés.

 

En esencia, el asunto de “¿Quién es ella?” es el mismo de “Haimatochare”, pero el escritor español refunde y adapta los acontecimientos pensando en el público español y, por lo tanto, contextualiza los sucesos en un espacio próximo a sus lectores. La “imitación” de Barrantes muestra además el voluntario alejamiento del modelo alemán, y su traducción francesa, descartando la ambigüedad del relato y desviándolo de lo grotesco a lo humorístico-burlesco con muy buenos resultados.

 

El cuento de Barrantes contiene dieciocho cartas más una conclusión, a diferencia del original alemán, de quince cartas. Los protagonistas son Antonio de la Vega y Félix de Aguilar; el Gobernador de Nueva Gales del Sur será en este caso el capitán general de las Islas Filipinas; el amigo de Félix de Aguilar, al que confiesa sus deseos y temores en dos cartas, será el director de la Academia de las Ciencias de Madrid; y el capitán del barco, Ferrolana en la primera versión, Hispano-Filipina en la versión de 1875, será el trasunto español del capitán Bligh del cuento alemán.

 

El colonialismo es también cuestión capital en ambos cuentos. Si “Haimatochare” se desarrolla en Honolulu y la colonia inglesa más antigua de Australia, Nueva Gales, es quien paga la expedición, los científicos españoles protagonistas de “¿Quién es ella?” están a las órdenes de “su majestad”, la reina Isabel II en la versión de 1858, o el “Gobierno de Madrid” en la versión de 1875. Paga la expedición en el cuento de Barrantes el capitán general de las islas Filipinas, quien firma desde Manila la licencia para que los dos científicos se embarquen en la fragata Hispano-Filipina. En “¿Quién es ella”, la isla en la que se centra la expedición y donde ocurren los dramáticos acontecimientos es Flores, en Oceanía. Curiosamente, Filipinas formará parte sustancial en la vida de Barrantes a partir de 1866, cuando fue nombrado por Cánovas consejero de su Administración, miembro del Consejo del Gobernador y secretario de este último. Barrantes realizó entonces una corta estancia en Manila trabajando en el Gobierno Civil, y residió entre 1885 y 1888 en la colonia. Ese conocimiento de primera mano que experimentó Barrantes en la isla y su experiencia en la política colonial de la época inspiró sin duda algunas de las ampliaciones del cuento en su versión de 1875[4]. Así, por ejemplo, en la tercera carta se añade un largo párrafo de Aguilar en el que describe algunas de las incómodas costumbres que experimentó durante su estancia en Hongkong, y se refiere a la colonización inglesa en los siguientes términos: “Eso de echar todo a bejucazos, único lenguaje que entienden chinos, malayos, persas, borneyes, abisinios, javaneses y demás turba multa que puebla aquella inverosímil torre de Babel, que empezó a construir la Inglaterra en 1842, y ya pasa de 300.000 almas” (74).

 

Barrantes altera relativamente la acotación temporal, creo yo que de una forma más coherente. En el cuento de Hoffmann la historia se inicia el 21 de junio de 18…, a principios de julio están embarcados rumbo a Hawai y el descubrimiento del insecto es el 12 de diciembre de ese mismo año. El 20 de diciembre Brougthon escribe al Gobernador quejándose del comportamiento de su amigo y el duelo tiene lugar 5 días más tarde. Hoffmann no data las cartas que contiene el rifirrafe de los protagonistas. El Gobernador de Nueva Gales del Sur responde en mayo, cabe suponer del año siguiente y, finalmente, la relación de las exequias del insecto se refieren en carta del 5 de octubre de ese mismo año. Barrantes tampoco indica la fecha completa en la que ocurren los acontecimientos; en su caso señala solamente los meses. En “¿Quién es ella?” la acción se inicia el 20 de junio; poco después, el 6 de julio, se firma el permiso y el 30 de agosto los científicos están embarcados en la Hispano-Filipina, todo ello siguiendo de cerca el cuento original. No obstante, a diferencia de Hoffmann, encabeza a continuación todas las cartas que muestran las disputas entre los dos amigos con el día y el mes. En este caso no serán siete las epístolas, como en “Haimatochare”, sino 12 y el grado de tensión de los acontecimientos se marcará también por el tiempo: la primera carta de Aguilar a Vega, en la que le pide explicaciones sobre su apartamiento, es del 1 de octubre y la última del 6 de octubre. Todo ocurre en una sección de tiempo muy semejante, cinco y seis días, y sin embargo, la tensión se multiplica en el cuento de Barrantes, quizá también porque se multiplican las cartas. Así, las últimas entre los científicos se escriben el “6 de octubre”, “una hora después”, “cinco minutos”, “una hora”. Cuatro días después el capitán de la fragata comunica al capitán general de Filipinas la muerte de los dos amigos y le sigue una breve conclusión.

 

La acción es muy semejante. En las primeras cartas se exalta la amistad de los dos científicos y sus deseos de colaborar juntos en los logros de la expedición, aunque la carta tercera disiente bastante del contenido de su original alemán. En ella Barrantes aprovecha para dar noticias geográficas sobre el lugar al que se dirigen y también sobre sus habitantes y omite una anécdota que relata el científico inglés en el cuento de Hoffmann sobre lo absorbente que puede llegar a ser el trabajo de los científicos. Tiene como protagonista a un coronel holandés que no fue capaz de abrazar a su hermano después de treinta años sin verlo, pues estaba estudiando un pequeño gusano con una lupa. Esta historia que en el relato de Hoffmann potencia la buena disposición de Menzies, pues la cuenta asegurando a su amigo que no piensa seguir el dictado del holandés, se sustituye en la adaptación española por apreciaciones de signo contrario por parte de Aguilar, que menosprecia a su amigo Vega, en un asunto que anuncia el principal tema de nuestro relato. Refiere Aguilar que su descubrimiento, si lo hay, hará que su nombre pase a la historia, pues lo llamará Aguilereña, mientras que su amigo, también dedicado a los lepidópteros y los himenópteros, no podrá imprimir su nombre en la historia de la ciencia española, pues no hay forma de utilizar su apellido, Vega, para bautizar una nueva especie. De este modo, se anuncia el que será el asunto principal del cuento: el descubrimiento de un insecto.

 

Ese es justamente el secreto que revelará Aguilar a su amigo en la siguiente carta, a diferencia de lo que ocurre en la versión alemana, pues allí Menzies desvela a Jonhstone su descubrimiento de una forma tan sutil, ambigua y equívoca. Así, en “Haimatochare” se alude en las primeras cartas al descubrimiento con los términos “joya” o “la criatura autóctona más bella, encantadora y llena de gracia”. El relato se conduce con cierta ambigüedad, de manera que el lector puede pensar que se trata de una mujer, puesto que ambos científicos manifiestan estar enamorados de la criatura. Solo cuando se ha desencadenado la tragedia y los dos naturalistas han muerto tras el duelo, se descubre la verdadera identidad de Haimatochare. Todo ello se omite en el relato de Vicente Barrantes que desde el inicio no deja lugar a dudas de que Aguilereña, con ese nombre es bautizada, es un lepidóptero, simplificando con ello la lectura de la imitación española.

 

Barrantes renuncia, pues, a beneficiarse de uno de los mejores logros del cuento de Hoffmann. En primer lugar porque el científico advierte que en cuanto lo encontró la bautizó con el nombre de Aguilereña, tal y como había anunciado en la carta anterior; refiere que posteriormente la trasladó a una cajita y que está deseando embalsamar y clasificar su hallazgo, aunque que le falta valor para matarla; finalmente le anuncia que redactará un informe enseguida para que nadie pueda quitarle el descubrimiento.

 

El escritor español no utiliza el recurso de la ambigüedad que tan felizmente lleva a cabo Hoffmann. Sin embargo, va a desviar el relato hacia lo humorístico-burlesco introduciendo en esta misma carta un detalle, que simplemente se menciona en la versión alemana, y que dará mucho juego al escritor español. Así, en “Haimatochare”, Menzies descubre el ejemplar “sur un tapis bigarré de brillantes plumes de pigeon” y él decide construir “une petite chambre tapissée de papier d’or” y preparar “un lit des mêmes plumes de pigeon bigarrées et brillantes sur les quelles je l’avais trouvée” (1856: 204). Ese detalle será prueba suficiente para rebatir la idea de Menzies. Así, en la carta novena Brougthon reprocha a su amigo: “Brigand effronté! Haimetochare ne me regarde en rien!!! Tu l’as trouvée en liberté! –Menteur! Es-ce que le tapis sur lequel dormait Haimatochare n’était pas ma proprieté? Ne devais-tu pas le reconnaître?” (1856: 209).

 

Este detalle será el que desarrollará Barrantes humorísticamente en la versión de 1858 y se ampliará sobradamente en 1875 con propósito crítico. Así, en la carta tercera Aguilar advierte que cuando se acercó a su descubrimiento “¡oh prodigio de los prodigios! una gasa verde como la misma yerba la cubría. Pero ¡qué gasa! La naturaleza sola, esta omnipotente naturaleza intertropical, puede tejer labor tan peregrina.” (1875:  84). En la carta decimotercera Vega pregunta a Aguilar para hacerle entrar en razón: “¿De quién era la gasa verde que cubría los peregrinos encantos de mi Antonina?” (93). Pero Aguilar sigue convencido, como advierte en la carta siguiente, de que “la gasa verde que cubría sus encantos es como ya he dicho, un producto natural” (94). Un argumento que se amplía en la versión del 75 cuando se inserta un largo ejemplo sobre el capullo que teje un zoófito descubierto hace poco en las islas Visayas.

 

En la carta siguiente Vega dice dónde compró la gasa verde (“hace tres años en Madrid, en la calle del Carmen frenta a la de la Salud”, que  se amplía en la versión del 75 con “junto al despacho de la fábrica de blondas de Margarit” 96) y las ampliaciones de la última versión abarcan también el desarrollo de las  circunstancias en las que ese velo pasó a ser prenda de amor junto con una carta de despedida. Finalmente ridiculiza a su amigo diciéndole: “Un simple cotejo con los sombreros de paja de Italia, que se venden en la calle del Carmen, hará reír a tu costa a todos los periódicos del mundo. Tendré el placer de verte en caricatura, en El Padre Cobos y el Gil Blas, y hasta en El Punch  y El Charivarí.” (98).

 

Todo esto no se encontraba en la primera adaptación del cuento. Al revisar el texto Barrantes decidió utilizar este detalle para ridiculizar mucho más la figura de los científicos, y criticar implícitamente su comportamiento, puesto que el cuento acaba con una “Conclusión” en la que se reproduce una noticia aparecida el 11 de enero en la Gaceta de Madrid y en la que se refiere que la Academia de Ciencias recibirá “una memoria en latín acerca de un lepidóptero de nueva especie, que si bien se asemeja bastante a nuestra mariposa común, produce, eclipsando al gusano de seda, una gasa tejida y todo, como si saliera de la fábrica de Margarit” (103).

 

Finalmente, el último de los pormenores que alejan la imitación de Barrantes del cuento de Hoffmann es el que concierne a la muerte de los dos amigos naturalistas. En los dos cuentos mueren a causa de un duelo, pero mientras que en “Haimatochare” la muerte de los dos hombres de ciencia acaba por desvelar el enigma para los habitantes de Hana-ruru y para los lectores, veremos que en la imitación de Barrantes la escena sirve para crear un enigma ante los habitantes de la isla de Flores y despertar la risa en los lectores españoles. Así, en el cuento de Hoffmann el capitán Bligh participa al Gobernador de Nueva Gales el encuentro de los dos cadáveres y de una cajita en la que se encuentra un insecto que el naturalista Davis identifica con una nueva especie de pulguita o de piojo. Como señalé anteriormente, el hallazgo en el cuento de Hoffmann acaba con el posible equívoco creado en el lector, que sabe ahora a ciencia cierta que el descubrimiento de los científicos era un insecto, no una mujer. Además, el hallazgo es efectivamente un descubrimiento, puesto que ese lepidóptero es distinto a los ya conocidos. El Gobernador da la orden de deshacerse del insecto en una ceremonia a la que asisten las más altas personalidades del reino, en el que se ata la cajita a una piedra y se lanza al mar en medio de disparos de salvas y cantos de la reina Kahumanu, enamorada de Menzies. Finalmente, la escena resulta de lo más grotesco, puesto que todos los asistentes acaban llorando, lamentándose y aullando a pesar de la solemnidad del acto. Hoffmann ha preferido repartir su visión crítica entre los científicos y expedicionarios y también entre los gobiernos, en este caso colonialista, que ordenan la destrucción de descubrimientos científicos importantes ante la mirada estúpida de los gobiernos autóctonos.

 

Por su parte, Barrantes decide cargar las tintas únicamente contra los científicos y los espectadores del acontecimiento. Así, el capitán de la fragata comunica al capitán general de las islas Filipinas el encuentro de los dos cadáveres. Advierte que, por las señales encontradas, habían luchado para sustituir el nombre del Aguilereña por el de Antonina, mostrando hasta qué punto la fama póstuma arrastró hasta el final a los dos amigos. Cuenta a continuación que el piloto cogió la cajita y al abrirla “salió volando una especie de mariposa de colores, igual o casi igual a todas las mariposas de España que los chiquillos persiguen” (101) y que, incapaces de creer que esa hubiese sido la causa de la disputa y habiendo descubierto un pedazo de gasa verde, habían pensado que un secreto muy terrible se había llevado a la tumba a los dos amigos. El capitán confunde la gasa del sombrero con un pedazo de gasa de una colgadura o un mosquitero a lo que añade en la versión de 1875: “Una colgadura de cama, no hace pensar a V.E. como a mí… Quién es ella?” (101). De esta manera, mientras que Hoffmann despeja la duda, Barrantes la crea entre los testigos de los acontecimientos, aumentando la risa de los lectores que saben a estas alturas lo ocurrido. La escena termina con un tono burlesco cuando el capitán explica que cuando volvieron para dar sepultura a los dos cadáveres “solo quedaban de los malogrados naturalistas…los huesos. Los antropófagos se habían comido lo demás”, en la versión de 1858 (192); un efecto que se intensifica en la última versión del cuento cuando se advierte de forma más grotesca: “solo quedaban de los malogrados naturalistas…los huesos…limpios y blancos.// Los príncipes de la real familia, que andaban jugando por allí, se habían comido, inocentemente sin duda, todo lo demás” (101).

 

La conclusión del relato es completamente irónica puesto que ofrece a los lectores de la Gaceta de Madrid una versión completamente falsa de lo ocurrido, pero que guarda perfectamente las apariencias. En primer lugar dice que los dos naturalistas murieron devorados por los antropófagos, cuando sabemos que se mataron entre sí, que “se ocupaban de descubrimientos importantísimos”, y dan por cierto que la gasa verde es un producto de la naturaleza. Esta conclusión remite además claramente a la falsedad de una de las argumentaciones que utilizó Aguilar en su primera carta para que le dejasen acompañar a Vega en la expedición, ampliación de la edición de 1875: que han muerto solos en la selva muchos naturalistas y con ellos sus descubrimientos por no ponerles suplentes. En este caso es la compañía la que ha provocado la disputa y la “pérdida” del descubrimiento.

 

La ambigüedad y el tratamiento grotesco de los acontecimientos de “Haimatochare” desaparecen en esta imitación española del cuento de Hoffmann. Barrantes decide convertir el extravagante cuento alemán en un relato más próximo al lector desde el punto de vista histórico y espacial, y transformar lo grotesco en burlesco y humorístico. La crítica a la política colonial desaparece en esta versión española que carga las tintas en la excentricidad de los científicos españoles y en el primitivismo de los habitantes de la isla de Flores. Con todo, “¿Quién es ella?” es buen ejemplo de una práctica común de la época relativa a la recepción de autores y textos extranjeros: las  adaptaciones o imitaciones teniendo en cuenta el horizonte de expectativas de los nuevos lectores. 



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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS



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Title: From Hoffmann to Barrantes, passing by Champfleury. Forgery in a Hoffmann's work published in El Mundo Pintoresco.


Contacto: Montserrat.Amores@uab.cat

 

 

 

NOTAS AL PIE


* Este trabajo se enmarca en el proyecto de investigación FFI2011-24314.

[1] “… Y un relato. Poe, Hoffmann, Dostoievski”, Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, 82, 154-171. El director de la revista, Rafael Llano, señala que el cuento de Hoffmann “según nuestras pesquisas, permanece por milagro inédito en castellano”, aunque advierte que no han realizado un examen exhaustivo de todas las traducciones de los relatos del escritor alemán. Tampoco la crítica ha prestado hasta ahora atención a esta imitación de Barrantes. Ni Schneider (1927), ni Bravo-Villasante (1973, ni Roas (2002, 2006) mencionan esta adaptación del cuento alemán en sus estudios.

[2] La amistad de estos dos escritores fue fructífera para el mundo de las letras. La lectura de La maravillosa historia de Peter Schlemihl inspiró a Hoffmann La aventura de la noche de San Silvestre en la que también utiliza el motivo de la pérdida de la sombra.

[3] “Les Suites d’une queue de cochon” (“Die Folgen eines Sauschwanzes”), “Histoire de l’Irlandais Ewson” (extractado de Die Elixiere des Teufels, no traducido todavía al francés), “Dernières aventures d’un aventurier” (“Neueste Schicksale eines abenteuerlichen Mannes”), “Haimatochare” (“Haimatochare”), “Lettre du maître de chapelle Jean Kreisler” (“Des Kapellmesters, JohannesKreislers, Dissertatiuncula über den hohen Werth der Musik”), “Les Méprises” (“Die Irrungen”) y “La Fenêtre du coin du cousin” (“Des Vetters Eckfenster”).

[4] Barrantes dedicó algunas de sus obras a aspectos políticos-sociales y literarios relacionados con Filipinas en las que muestra su pensamiento colonialista, que le llevó a sostener alguna polémica con José Rizal y Ferdinand Blumentritt. Entre ellas destacan: La instrucción primaria en Filipinas de 1586 a 1868 (1869?), Apuntes interesantes sobre las Islas Filipinas que pueden ser útiles para hacer las reformas convenientes y productivas para el país y para la nación escritos por un español de larga experiencia en el país y amante del progreso (1869), El teatro tagalo (1889) y Guerras piráticas de Filipinas: contra mindanaos y joloanos (1878).  Véanse Rodríguez-Moñino, 1954 y Bernal-Salgado, 2007.

 



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