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Fecha de recepción: 2 noviembre 2010
Fecha de aceptación: 4 enero 2011
Fecha de publicación: 15 marzo 2011
URL:http://oceanide.netne.net/articulos/art3-13.php
Oceánide número 3, ISSN 1989-6328



Los vivos y los muertos Aut. Edmundo Paz Soldán. Madrid: Alfaguara, 2009, pp. 206.

Belén Ramos Ortega
Universidad de Granada

Edmundo Paz Soldán nació en 1967 en Cochabamba (Bolivia). Estudió Relaciones Internacionales en Buenos Aires y Estados Unidos, y es doctor en Lenguas y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California, Berkeley, desde 1997 con una Tesis sobre Alcides Arguedas. Desde entonces es profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Cornell (EE. UU.).

Paz Soldán tuvo vocación de escritor desde que era niño: con nueve años ya escribía los primeros textos y la adolescencia la pasó plagiando los cuentos de Agatha Christie. Pero desde que comenzó a “escribir en serio”, con diecinueve años en Buenos Aires, fue recibiendo importantes galardones y pronto fue destinatario de los más destacados reconocimientos desde las más prestigiosas instancias.

En 1997 se le otorga el importante Premio Juan Rulfo por su magnífico relato “Dochera” y en 1999 con su novela -de género policial- Río Fugitivo (1998) queda Finalista del Rómulo Gallegos, la concesión más importante de Latinoamérica; además, Paz Soldán obtuvo con El delirio de Turing (2003), su sexta novela, el V Premio Nacional de Novela de Bolivia.

Los vivos y los muertos es la primera novela de Edmundo Paz Soldán que no está ambientada en su Bolivia natal ni está recorrida por el sesgo político. Este escritor nos tiene acostumbrados a una novelística que refleja el impacto de lo massmediático hoy y al latido de la historia más reciente de su país. Así, en obras tan reconocidas como Sueños digitales (2000) o El delirio de Turing (2003) vemos cómo la presencia de las últimas tecnologías está cambiando también la forma de entender la literatura. En esta nueva generación de escritores latinoamericanos palpita un interés por la cultura popular que está directamente relacionado con la polémica antología McOndo (1996).

En este caso, Paz Soldán nos ha sorprendido con una novela de características diferentes; una obra que él mismo califica de hiperrealista: en un pueblo de Estados Unidos, muy cerca de donde vive el escritor, tuvo lugar una cadena de hechos insólitos que llevaron al boliviano a investigarlos con el fin de hacer una crónica periodística, pero finalmente se convirtió en materia literaria. Así Los vivos y los muertos posee una estructura narrativa que se asemeja a la de un cuentario, pero cuyas partes se unen entre sí por una trama conjunta de cierto corte policial. La novela se construye además de manera polifónica: los breves capítulos que la componen llevan por título el nombre del personaje - escrito en letra minúscula- que tomará la voz narradora que relate cada episodio atroz que golpea a Madison. De esta manera, los jóvenes se ven envueltos en esta especie de maldición que parece haberse apoderado del lugar: un retrato social tan desolador que cuando el lector, impactado por tantos sucesos abominables, recala en que están basados en hechos reales no puede dejar de pensar en aquello de que la realidad supera a la ficción, y que tanto se ha comentado en relación con la novela del dictador y otras muchas variantes literarias. La multiplicidad de voces se acopla muy bien a esa amalgama de hechos trágicos; uno de los grandes aciertos de la novela se cifra precisamente en que cada suceso está relatado bajo el punto de vista del personaje de turno, lo cual le otorga una riqueza estilística nada desdeñable y un calidoscopio de enfoques narrativos muy interesante.

Aunque indudablemente puede ser calificada de realista, la obra tiene pinceladas neofantásticas y recuerda por momentos al thriller. Cuenta con las mejores cualidades de la narración breve pues no es enfática ni en absoluto solipsista.

Como ha apuntado uno de los principales teóricos de la nueva novela, Alain Robbe-Grillet, nos hemos adentrado cada vez más en una novedosa forma de escritura en la que los nuevos modelos de ficción son considerablemente tenidos en cuenta por su creador, que debe construir su forma personal en cada texto. Esto es lo que vemos en un escritor como el que nos ocupa, siendo esta última novela un magnífico ejemplo. Si, como advierte este crítico, un libro crea para él sus propias reglas, Los vivos y los muertos cuenta sin lugar a dudas con sus estudiadas directrices estilísticas, que se traducen en una sólida estructura que se cimenta a partir de las diferentes focalizaciones que son las voces narradoras de los distintos adolescentes o adultos que habitan el espacio de la ciudad literaria, trasunto de Dryden –donde se sucedieron las muertes en la vida real-, para el desarrollo de la acción: Tim, Amanda, Webb, Junior, Jem, Hannah, Yandira, señora Webb, Daniel, enterrador y Rhonda.

La polifonía del yo narrador hace que la novela sea plenamente moderna, pues deja atrás una vez más la idea del narrador omnisciente como ente que tiene el monopolio de relatar todo, ya que se tratar de la única voz que da cuenta de la historia, una sola voz que fue la seña de identidad principal de la literatura de la época de Balzac. Es sólo el narrador omnisciente el que lo sabe todo sobre la trama y los personajes, y esto es lo que va a cambiar en la literatura de las décadas posteriores, dando lugar a un relato que es la suma de las múltiples verdades de los diferentes puntos de vista de los narradores. Así se viene a hablar de una realidad que no parece lo suficientemente sencilla como para que una sola autoridad competente dé cuenta de ella; por tanto, del punto de vista único decimonónico pasamos a la apoteosis del perspectivismo narrativo contemporáneo. Al tratarse de una obra basada en hechos reales, el imperativo de la no ficción ha jugado un papel matriz. El propio Paz Soldán ha explicado cómo después de conocer lo que había ocurrido a pocos kilómetros de donde él vive y, tras quedar impactado por el dramatismo de los hechos, se propuso documentarse y hacer, a modo de periodismo de investigación, un estudio sobre lo acontecido, pero rápidamente se dio cuenta de que se le iba formando la cartografía literaria de una novela basada a las claras en lo que había sucedido en aquel pueblo vecino. Pero, conociendo como conocemos que la historia que se nos cuenta se basa en hechos que ocurrieron a mediados de los años noventa en aquel lugar cerca de Ithaca, ciudad donde reside Paz Soldán, el carácter ficticio de la novela y, con él, el imprescindible componente de la verosimilitud están perfectamente imbricados dando lugar a una magistral creación que cuenta con una riqueza compositiva que hace de ella una verdadera obra de arte.

Una novela en la que tiene lugar una estrecha vinculación entre los parámetros de la ficción y los dictados de los acontecimientos reales, que están dentro de la parcela de la no ficción. Se trata en este caso de una imbricación artísticamente lograda que ha desembocado en una nueva obra del boliviano a la altura de las que ya conocíamos.

¿Cómo se consigue esta simbiosis entre la veracidad ficcional y la verdad empírica? Sabiendo que la literatura no tiene que justificarse con una homologación directa y fiel al mundo real, la novela se logra principalmente por la legitimidad de los narradores. En efecto, una de las figuras principales de la ficción según la gran mayoría de las corrientes críticas es la del narrador y, con él, su grado de credibilidad. En Los vivos y los muertos cada narrador va relatando su visión de los hechos a partir de cómo estos le tocan más de cerca; estamos en este caso ante un elenco de narradores que están implicados muy directamente en los sucesos. Se trata de narradores que participan como personajes de la propia historia, es decir, de tipo homodiegético. De esta manera, partiendo de la familiaridad o no de éstos con los acontecimientos, cuentan su versión de lo ocurrido. La suma de todos estos puntos de vista narrativos conforma el relato global de la historia que recoge esta obra, llena de intriga por el manejo de la trama que despierta el máximo interés del lector y lo coloca en un cierto grado de tensión.

Este carácter misterioso de la obra nos lleva también a clasificarla como novela de corte policíaco. Cuenta, en efecto, con la impronta del suspense, que mantiene al lector despierto desde las primeras páginas. La narración así va mostrando la cara menos grata del deseo y los vericuetos de las relaciones sociales que nos revelan su lado más abyecto. Una serie de muertes en cadena nos lleva a pensar que estamos ante la terrible presencia del asesino en serie, la primera es la de Tim, una temprana promesa del futbol juvenil. Hannah y Yandira, las dos adolescentes unidas por una honesta amistad, estarán en el punto de mira de un psicópata; o el caso de Jem, que sufrirá los estragos de la desaparición de su hermano gemelo. Éstos son sólo algunos de los dramáticos hechos de una casi interminable cadena de desgracias que se van desencadenando como una suerte de irremediable fatalidad del destino. La muerte es protagónica en esta obra: son muchas, desconcertantes, inesperadas, enigmáticas… El sesgo de novela negra se lo otorga el propio misterio de esas muertes sucesivas, pero aquí no hay un detective canónico que se encargue de investigar el caso, sino que sólo contamos con los testimonios de los propios jóvenes habitantes del lugar y que son las propias víctimas, o familiares, amigos, parejas o vecinos de los afectados. Son los únicos testigos con los que contamos y a través de ellos recibimos al mismo tiempo un buen retrato de la juventud estadounidense del momento. El propio escritor nos explica en la Nota final del libro que en un principio la idea era contar esta historia a modo de novela criminal, pero que se convirtió finalmente en algo muy personal que indaga sobre los sentidos de la pérdida, algo que ya está presente en otras novelas del boliviano, con que tuvimos la oportunidad de comentar en una entrevista que celebramos.

En efecto, la obra parte de la voz narradora del joven Tim que describe un ambiente un tanto sobrio: “La luz del semáforo esta en rojo. El cielo gris, encapotado, opresivo, parece a punto de deshacerse sobre nuestras cabezas”; y con cierto toque enigmático por el diálogo que mantiene con Amanda, que es el primer personaje femenino que aparece en la obra: se trata de un escueto diálogo que se cuela en la narración sin guiones ni cualquier otro tipo de distinción tipográfica. Se desencadena para que la joven cheerlander llame la atención de Tim: “Amanda dijo que quería mostrarme algo. Qué, le pregunté. Y ella se rió con esa risa que invita a pensar en montañas rusas. Ven, dijo, estoy sola, y colgó”. A partir de aquí lo insólito de los acontecimientos, con un cúmulo importante de acciones violentas, conduce la historia por un camino que recuerda sin dudas al género negro.

Como las grandes obras literarias, este nuevo libro de Paz Soldán se abre a diferentes interpretaciones: puede verse como una ardua reflexión sobre la presencia y la ausencia; sobre el sórdido perfil de un psicópata (encarnado en Webb), descrito con impecable frialdad; sobre la soledad y la violencia en el individuo y la sociedad; también sobre el propio acto de la escritura, puesto que escribir es el último deseo de la joven Amanda -casi el único personaje superviviente-; en este sentido resulta muy significativo que con sus palabras concluya la novela, a modo de acentuada apelación a la escritura como colofón que apunta al propio título de la obra, cuando esta adolescente ve su imagen reflejada en el espejo, lo cual le lleva a un acentuado ejercicio de introspección.

Contacto: brorute@hotmail.com



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