Volver a artículos
Ver referencias

La naturaleza en las revistas inglesas del siglo dieciocho.

Dr. Alan Floyd Moore
(Universidade da Coruña)1

RESUMEN:

No es fácil, aunque así lo parezca, definir lo que es la naturaleza. ¿Es simplemente esa mezcla de geología, agua, vegetación y las diferentes manifestaciones de fauna que componen el paisaje? El adjetivo natural presenta problemas parecidos. Nuestra definición es subjetiva, dependiendo de la ideología y la perspectiva de cada uno. Para las personas que escribieron en las revistas inglesas de interés general del siglo dieciocho, existía una profunda ambigüedad en su relación con los fenómenos naturales que les rodeaban. Por una parte, idealizaban la naturaleza, elevándola casi al nivel de lo divino, pero, por otra parte, veían cómo sus compatriotas dedicaban gran parte de sus esfuerzos a alterar el paisaje natural de su país, sin hacer comentarios al respecto.

Palabras clave: Naturaleza, idealización, revista, siglo dieciocho.


ABSTRACT:

It is not easy, though it may appear so, to define what nature is. Is it simply that mixture of geology, water, vegetation and the different sorts of fauna that make up our landscape? The adjective natural presents us with similar problems. Our definition is subjective, depending on the ideology and perspective of each person. For those persons who wrote in general interest English magazines in the eighteenth century, there existed a profound ambiguity in their relationship with the natural phenomena that surrounded them. On the one hand, they idealized nature, raising it almost to the level of the divine; meanwhile, on the other hand, they saw how their countrymen were devoting much of their time and effort to altering the landscape, without making any comment on the matter.

Keywords: Nature, idealization, magazine, eighteenth century.


1. ¿QUÉ ES LA NATURALEZA?

La palabra naturaleza suele tener connotaciones positivas, así que natural, además de definirse como “lo que se encuentra en la naturaleza” significa también puro, saludable y sano, sin aditivos. No existe cosa más neutral u objetiva que la naturaleza, ya que es, por definición, lo que la mano humana no llega a tocar. Es corriente también referirse a los procesos y fuerzas que crean e impulsan a estos fenómenos como fuerzas de la naturaleza.

A veces, en el pasado, se escribía y se hablaba de esta fuerza como si fuera una persona, con características humanas como la crueldad o la sabiduría. La mente primitiva asociaba los fenómenos naturales con una cierta personalidad. El mar era cruel y el hundimiento de un barco, por ejemplo, se producía por culpa de la tormenta. Los seres humanos siempre hemos interpretado la naturaleza, y nunca la hemos experimentado o descrito exactamente como lo que es, ya que todos los observadores llevamos con nosotros un bagaje cultural. El campo estaba envuelto en misterio hasta hace poco, históricamente hablando. En mi opinión, no es cierta la aseveración de Laurence Coupe, que afirma que es la sofisticación lo que nos lleva a ver cosas en la naturaleza que no están allí (Coupe, 2000: 1). Es más bien lo contrario, que en la falta de conocimientos residía la creencia que los demonios y los dioses moraban en los árboles y las rocas, o que las características de nuestro rincón de la tierra nos hacían diferentes al resto de la humanidad.

Sólo se puede entender la palabra naturaleza dentro de cada discurso en concreto. Incluso se ha llegado a decir que no hay tal cosa como la naturaleza o que existen la naturaleza y la Naturaleza, con mayúscula. El primer término sería la naturaleza vista objetivamente, y el segundo sería subjetivo, poético y una construcción humana. Se ha llegado a decir que “quizás sea la palabra más compleja de nuestro idioma” (Williams, 1983: 219) pero los que escriben acerca de la naturaleza casi siempre están intentando decirnos algo acerca también de su relación con ella. La belleza de la naturaleza no reside en los fenómenos en sí, sino en la reacción del ser humano delante de una cascada de agua o de un árbol, o en la armonía de la naturaleza y el ser humano. Lo más sensato sería, pues, considerar la naturaleza como ambas cosas, una construcción humana, pero que también tiene un referente en el mundo real, que podríamos definir como la suma de los fenómenos animal, vegetal, climático (agua y aire) y geológico. O en otras palabras: “Lo más útil es imaginar a la naturaleza como algo descubierto por el ser humano y al mismo tiempo construido por él.” (Gatta: 10)


2. LA NATURALEZA EN EL SIGLO DIECIOCHO

Cuando el ser humano impone sus creencias supersticiosas o religiosas a su percepción del mundo que le rodea, es necesario juzgar el resultado con prudencia. De esto se dio cuenta filósofo Edmund Burke, que formó parte de un movimiento que defendía una vuelta a la naturaleza como estilo de vida durante el siglo dieciocho. Se rechazaba la vida de la ciudad como una vida llena de corrupción. Burke2 criticaba la superstición y corrupción que habían remplazado a la vida natural. Contrasta la sociedad natural (Natural Society) con la sociedad política (Political Society) y expresa su desconfianza hacia la mente humana, “…que cada día inventa una nueva norma, mientras que la naturaleza, si la dejásemos en paz, sería nuestra mejor guía y la más segura.” Propone identificar las “relaciones inalterables que la Providencia ha ordenado que cada ser debería mantener con otros seres. Estas relaciones, que son la verdad misma, son los cimientos fundamentales de la virtud y, en consecuencia, la única medida de la felicidad.”

La idea del Noble Salvaje, desarrollada durante el siglo dieciocho por pensadores como Rousseau, puede haber también influido en el pensamiento popular reflejado en estas revistas, una idea que iba a la par con la de vivir en armonía con la naturaleza; una armonía que quiso demostrar Edward Cave, el fundador de The Gentleman’s Magazine, quien se hizo llamar Sylvanus Urban, el nombre que aparecía en la portada de su revista, reflejando así la conexión entre la ciudad y el campo.

Rogers (10) señala el papel tan importante jugado por la naturaleza en el pensamiento del siglo dieciocho: “Seguir a la naturaleza era esquivar los prejuicios, rechazar los caprichos personales, lo cercano y lo temporal.” La naturaleza incluía la naturaleza humana en estado puro. La naturaleza, en nuestras fuentes, se utilizaba muchas veces como baremo del sentido común. Si observásemos a las plantas y a los animales, podríamos guiar mejor nuestras vidas. A veces se usa en nuestros textos la metáfora de los árboles jóvenes para compararlos con los niños: si el árbol joven se tuerce a un lado, en el futuro estaría propenso a crecer hacia ese lado. Del mismo modo, los niños madurarían bien o mal de acuerdo con el modo en que fueron educados.

Con este trasfondo, no es sorprendente la idealización de la naturaleza en estas revistas. Era la prueba de la existencia de Dios, y Dios se revelaba tanto en la Biblia como en la naturaleza misma.


3. LA TEORÍA: LAS REVISTAS Y LA NATURALEZA IDEALIZADA

Se publicaron muchas revistas en la Inglaterra del siglo dieciocho. Aparte de las famosas Spectator, y Tatler, con sus respectivas versiones femeninas, The Lady’s Magazine y The Gentleman’s Magazine que duraron muchos años, hubo muchas que empezaron con mucho esfuerzo e ilusión, como The Young Gentleman’s and Lady’s Magazine (1799 – 1800) y The Ladies’ Journal (1727), editada en Dublin, pero que duraron no más de unos pocos meses y tuvieron que cerrar, o por falta de lectores o, más frecuentemente, por falta de patrocinio y/o financiación. La circulación alcanzaba unos miles de ejemplares y el precio era entre seis peniques y un chelín. Algunas sólo sobreviven como colecciones editadas años después. Los que escribían en ellas no solían ser autores famosos, sino algunos de los propios lectores, que contribuían con artículos, poemas, enigmas, problemas de aritmética, entre otras cosas, y que no percibían ninguna remuneración a cambio.

En The Lady’ Poetical Magazine, or Beauties of British Poetry (49), la naturaleza se representa como algo puro y genuino, que al mismo tiempo contiene la ley y la sabiduría divinas. Hablan de “La Naturaleza y el Dios de la Naturaleza”. (69) La naturaleza es comparada a un libro que se debe estudiar (72). Ya en tiempos del Renacimiento, existía la idea de que las verdades de Dios estaban escritas en dos libros, el de la Biblia y en el de la Naturaleza. Los avances de la ciencia amenzaban con cuestionar la verdad revelada, así que algunos sermones y libros religiosos contratacaban defendiendo la sencillez de la naturaleza frente al materialismo y la artificialidad del mundo urbano y moderno que se estaba construyendo. Uno de los libros más populares de la época en Inglaterra, Natural Theology de William Paley (1802), señaló que la observación del mundo natural probaba la existencia de un creador inteligente, sin la necesidad de leer la Biblia. El libro de Paley empieza, casi inevitablemente, con la conocida metáfora del universo, el reloj y el relojero.

The Young Gentleman’s and Lady’s Magazine (Número V, Tomo 1) anuncia en su portada (p325 de la colección) la única ilustración que contenía la revista en sus páginas interiores con las siguientes palabras: “Embellecida con una representación exacta del Tigre de Bengala, bellamente decorado con los colores de la naturaleza.” y, acto seguido, la revista narra la historia de una madre que explica a su hija el funcionamiento del gusano de seda del siguiente modo (p329): “La Providencia ha ordenado de tal manera la forma de este pequeño insecto que pueda forzar el contenido glutinoso de su cuerpo…” Era Dios o la Providencia quien había creado este orden natural. La Ilustración del siglo dieciocho iluminaba un orden divino pre-establecido, donde, (p334): “La economía de la naturaleza es más que maravillosa.”

Aunque, como veremos más adelante, era común describir la naturaleza como si fuera una máquina perfecta, eso no evita que los escritores usen metáforas y personificaciones que la convierten en persona. En The Diarian Miscellany from the Ladies’ Diary (18) se predicen los eclipses de manera muy poética: “A los habitantes de nuestro globo terrestre…dos veces la Luna en su camino deambulante se interpondrá y ocultará los rayos espléndidos del sol.” Esta revista (año 1708) tiene una manera muy poética de expresar la perfección newtoniana de la astronomía. Se personalizan los planetas como masculinos (17): “Un anillo enorme paralelo al ecuador, tan brillante como la propia cara del planeta… Júpiter es el siguiente en presentarse…” En el mismo número (22) hablan del “sistema de los cometas” pero también de las “estrellas errantes”.

En un poema en The Young Gentleman’s and Lady’s Magazine se nos cuenta que los sencillos placeres de la vida campestre son muy superiores a los de la ciudad “donde se mezclan las nieblas y los lúgubres humos.” (155f.) Aconseja al campesino que caiga en la tentación de ir a la ciudad, para curarse para siempre de su antojo: “Pero ¡vaya!, equivocado pastor, ¡vaya!. Observe su pompa, asista a sus espectáculos: Vuelva después para contar dónde en verdad residen los placeres más puros: La naturaleza proporciona unos encantos que el arte sólo puede imitar.” Otros versos en The Diarian Miscellany from the Ladies’ Diary (73) elogian la vida campestre en contraste con la vida de la corte: la chimenea, el canto, el baile, la fruta: estos son placeres del campo que no se encuentran en la corte.

Un gran número de estos poemas aparecen en The Diarian Miscellany from the Ladies’ Diary. Por ejemplo (78): “Lejos de las damas y los petimetres, Antes de que el sol coloree las copas de los olmos, Saborearé los regalos de la naturaleza, De sus olorosas flores, colinas, bosques y campos.” (M.O. Isleworth). En la página siguiente leemos: “Aquí acuden ninfas con sus ropas caseras de color gris, cuya conducta hace avergonzarse a la corte vestida con sus ligas y ligueros… una casita y un pequeño jardín, un amigo fiel, y a una gran distancia de los poderosos.” Es significativo el seudónimo que elige la poetisa (Eliza Homespun, literalmente “Eliza Tejida-en-casa”).

Esta idealización de la vida campestre aparece en otro poema (293): “Tres veces alegre la vida del joven campesino, Que con sabiduría está contento con lo que Dios le ha dado. Mientras los señores a menudo se quejan de su mala suerte, Él se alegra por tener salud y una modesta cama.” (Mr Leonard Walker)


4. LA REALIDAD: LA NATURALEZA EXPLOTADA Y CLASIFICADA

Joseph Addison (editor de la revista The Spectator) escribió en una ocasión: “¿Y por qué no se puede convertir toda una finca en un jardín, transplantando frecuentemente las plantas? Un hombre puede hacer un bonito paisaje de sus posesiones.” (en Williams, 2000: 50) Existe la paradoja de que la naturaleza se describía como si fuera perfecta, y la vida en ella ideal, pero que durante el siglo dieciocho se llevaron a cabo obras en Inglaterra que cambiaron su paisaje y la vida de sus habitantes de forma permanente. Muchos de los edificios, parques y fincas visitados por miles de visitantes año tras año son, parcialmente o en su totalidad, producto de este siglo. Sus características son resultado de los cambios sociales y económicos ocurridos. El caso del Palacio de Blenheim es ilustrativo. En primer lugar, la Reina Anne “y una nación agradecida” lo construyeron y se lo regalaron a los duques de Marlborough para celebrar una victoria sobre los franceses durante la Guerra de la Sucesión Española3. La construcción del palacio fue problemática. La duquesa no quería una residencia tan grandiosa sino una más cómoda y modesta, y discutía constantemente con el arquitecto, Vanbrugh, hasta que éste dimitió. A tal punto llegó la discusión que incluso los duques se vieron obligados a salir del país durante un período de tiempo y tuvieron que sufragar los gastos de la parte final de la obra. El caso es que se construyó un palacio enorme con unos terrenos impresionantes, obra, en parte, de Lancelot Capability Brown. Este experto paisajista ganó su apodo con sus frecuentes afirmaciones de que los terrenos de sus patrocinadores tenían la capacidad (capability) de transformarse.

Brown era conocido por realizar la naturalización de las fincas, huyendo de la artificialidad. La idea era de perfeccionar la naturaleza. Pero la introducción de árboles orientales a expensas de los autóctonos y la manipulación de la tierra y el agua de los terrenos alrededor del Palacio de Blenheim difícilmente pueden llamarse natural. De hecho, un contemporáneo de Brown escribió que esperaba morir antes que él, para poder llegar al cielo antes de que Brown lo perfeccionase.

Goring (40) señala la paradoja de que la naturaleza, el modelo usado para probar la existencia de Dios, hubiese sido manipulada de tal manera durante este siglo, cercando las tierras que antes eran comunes para convertirlas en campos y fincas privados, desahuciando en el proceso a las familias pobres que las ocupaban, allanando colinas para crear jardines, y talando bosques enteros. Podríamos añadir que destruían pueblos enteros si estropeaban la vista desde las casas de los poderosos (Porter: 75), cavaban minas para sacar provecho de las entrañas de la tierra, cazaban a sus animales sin piedad, cruzaban sus ovejas, cerdos y caballos para crear nuevas especies, coleccionaban sus insectos (atravesándolos con alfileres), saqueaban el mundo entero en su búsqueda de materias primas para fabricar muebles y ropa, utilizaban modernos arados para abrir la tierra, dividían el mundo en longitudes con líneas imaginarias, usaban relojes para dividir y calcular el paso del tiempo, y construían industrias contaminantes en los rincones más bellos y remotos de la isla.

De hecho, al mismo tiempo que los artistas buscaban la manera de representar la naturaleza con gran fidelidad, usaron avances técnicos que permitían a artistas como Mark Catesby y George Stubbs (que pasó seis meses disecando y destripando caballos en su casa) copiar la naturaleza con gran detalle. Los conocimientos de los europeos acerca de la flora y fauna del mundo se transformaron gracias a los viajes de descubrimiento a África, Asia y América. Al mismo tiempo, a través de los nuevos inventos como el telescopio y el microscopio descubrían nuevos mundos dentro de la propia naturaleza. Además, se llevó a cabo la sistematización de los conocimientos adquiridos. El hombre más famoso en este sentido fue el botánico sueco Karl von Linné (1707-1778), conocido también como Linnaeus, quien inventó un sistema de clasificación de los seres vivos que aún perdura. Los científicos, de momento, describían, pero no explicaban, las similitudes entre las diferentes plantas y animales.

A veces las sociedades que más han han alabado la naturaleza son al mismo tiempo las que más perjuicio le han ocasionado. Jonathan Bate (167) señala que “La poesía pastoril no la escriben los pastores: es una reconfortante fantasía aristocrática que tapa las condiciones reales de opresión y explotación en las economías agrícolas.” Citando a Raymond Williams (1973: 33), comenta que “no es fácil olvidar que la Arcadia de Sidney se escribió en un parque que se había hecho cercando las tierras de un pueblo entero y desahuciando a sus antiguos habitantes.”

La naturaleza, pues, se consideraba como un campo de pruebas para el empirismo. Para Coupe (209) la mentalidad que imperaba en tiempos de la Ilustración y las revoluciones industrial y agrícola causó la desaparición de gran parte de la flora y fauna del país. Cuando la mentalidad empezó a cambiar, ya era tarde. Sin embargo, en nuestro corpus, no aparece nada que sugiera que este proceso esté en marcha, ya que los lectores y autores procedían de una clase que salía claramente beneficiada.

Junto con los cambios, existía una nostalgia por los lugares salvajes de antaño, con su misterio y poesía. Los turistas del siglo dieciocho acudían a ver la naturaleza en su estado puro en Cornualles, en Escocia, etc. Hay que recordar, de todos modos, que lo que les permitía viajar eran los avances agrícolas, comerciales e industriales.


5. LA NATURALEZA COMO MÁQUINA

Representar, coleccionar y clasificar fenómenos de la naturaleza (una obsesión de las clases altas de la Europa de este siglo) se hacía de una manera pre-darwiniana, en el sentido de que demostraba que la naturaleza formaba parte de un orden estático y divino de las cosas: los planetas daban vueltas de una manera pre-ordenada y pre-destinada, no como parte de un proceso dinámico. En el siglo diechiocho la naturaleza no se veía como una entidad cambiante y dinámica. El cambio, el surgir de nuevas especies (la evolución) no existía. El universo de Newton era una cosa completa y acabada. Al universo se le consideró como una máquina, como un reloj, por ejemplo. En The Young Gentleman’s and Lady’s Magazine (No4, Volume 1: 123) en un artículo se elogia la astronomía: “La astronomía es, matemáticamente, la más sublime y más noble de todas las artes.” De ahí la importancia que se le concede en estas revistas a la predicción de los días y las horas exactas cuando ocurrirían los eclipses, porque parecía demostrar que el universo es una máquina bien lubricada. “Aunque los logros de las antiguas civilizaciones eran muy grandes, se le reservó a esta época y para el honor de la nación inglesa otro logro: descubrir el gran secreto de toda la máquina.4 ” La máquina en este texto es nada menos que el universo. En The Diarian Miscellany from the Ladies’ Diary se informa desde extranjero de eclipses, desde Gottenborg, Dublín, Gibraltar, Roma, Paris, Amsterdam, América del Sur e incluso desde China (Pekín) (165), lo que demuestra la existencia de una comunidad científica global en ciernes. También se predicen las apariciones de cometas.

En The Young Gentleman’s and Lady’s Magazine (387), se afirma que las naciones y sus pueblos tienen sus propias características naturales. En un artículo titulado: “Características de la personalidad del Indio Americano” se dice que: “Ningún pueblo posee una mayor cantidad de educación natural que los indios”. Se supone que han sido siempre así y que siempre serán así, un cáracter tan inamovible como la mariposa atravesada por el alfiler del coleccionista (un pasatiempo muy común durante este siglo).

Existe una relación muy estrecha entre la actitud de los hombres hacia las mujeres y las que muestran hacia la naturaleza. Tal vez la naturaleza se asocia tradicionalmente con la mujer por su fertilidad. En el siglo dieciocho, se suponía que las mujeres y la naturaleza tenían como su función principal la reproducción de hijos, en el caso de las mujeres, o de bienes de consumo, en el caso de la naturaleza. Las dos tenían que ser domadas y fertilizadas para tener utilidad. Kate Soper (en Coupe: 142), en referencia a los colonizadores americanos, hace explícita esta comparación: “Para el colonizador americano, que empezaba de nuevo, la naturaleza era un lugar de renacimiento, asentamiento y amansamiento, una intervención violadora consumada por el falo pionero en el útero fértil.”

Existía un supuesto orden natural de las cosas. Las revoluciones nos son extrañas, y se deben evitar porque nos llevan al desorden. Se ve en la historia, probablemente falsa, de la educación de Luís XVII de Francia, contada en The Young Gentleman’s and Lady’s Magazine (368 – 371). Según la revista, el joven rey francés fue educado por un zapatero, con efectos desastrosos, dando como resultado final la muerte del monarca. El orden natural y divino es destrozado en tiempos de revolución: “¡O época desastrosa! Los amargos frutos de la anarquía y el pillaje, del orgullo y la inmoralidad…Catastrófica degradación de una nación generosa”, comenta el autor, referiéndose a la Revolución Francesa.


6. CONCLUSIONES

Leyendo estas revistas, uno se queda con la impresión de que forman una tradición duradera de periodismo a lo largo del siglo. El hecho de que los lectores se hubiesen molestado en conservar y publicar revistas de los tiempos de sus abuelos (1704 – 1775 en el caso del Ladies Diary) demuestra un respeto hacia sus antepasados difícil de encontrar hoy en día. También demuestra que los conocimientos no caducaban, no avanzaban y no cambiaban con tanta rapidez como hoy en día. Las connotaciones de la palabra natural son siempre positivas, pero se ha visto como lo natural se confunde, a veces interesadamente y deliberadamente con la costumbre y la tradición, justificando así el status quo. El filósofo Edmund Burke afirmó que “Las leyes del comercio son las leyes de la naturaleza y, por lo tanto, son las leyes de Dios.” (citado en Porter: 377)

Aún así, existía una base de empirismo, observación, aplicación de lo observado, y una manera práctica de ver el mundo que contenía las semillas del cambio hacia una sociedad que sería, unos pocos años más tarde, capaz de aceptar las teorías de Darwin. Un tipo de relatividad social se desarrolló en Inglaterra, donde se empezó a rechazar el sistema natural de clases sociales inamovibles, y donde se empezaba a aceptar el movimiento de personas hacia arriba y hacia abajo, a causa de la educación, el talento y el esfuerzo. A estos cambios contribuyeron las revistas de interés general, compradas y escritas por la clase media-alta, pero leídas por personas de todas las clases.

Volver arriba


NOTAS AL PIE

1Este artículo forma parte del proyecto de investigación “Rede de lingua e literatura inglesa e identidade”, financiado por la Dirección Xeral de Promoción Científica e Tecnolóxica do Sistema Universitario Galego, Consellería de Educación e Ordenación Universitaria, Xunta de Galicia (Code: Xunta 2007/000145-0, co-financiado en 2008 por el European Regional Development Fund (ERDF), y cuya investigadora principal es la Dra. María Jesús Lorenzo Modia.
2A Vindication of Natural Society: A View of the Miseries and Evils Arising to Mankind (1756)
3La batalla tuvo lugar el 13 de agosto de 1704 en Blindheim (Blenheim). La versión inglesa del nombre refleja su pronunciación en inglés.
4La letra cursiva existe en el texto original.

Volver arriba


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

REVISTAS (FUENTES PRIMARIAS CITADAS): The Gentleman’s Magazine; The Young Gentleman’s and Lady’s Magazine; The Lady’ Poetical Magazine, or Beauties of British Poetry; The Diarian Miscellany from the Ladies’ Diary.


BATE, Jonathan (2000) “From Red to Green” en Coupe (167-172). COUPE, Laurence (Ed) (2000) The Green Studies Reader: from Romanticism to Ecocriticism London: Routledge.
GATTA, John (2004) Making Nature Sacred: Literature, Religion and Environment in America from the Puritans to the Present Oxford: Oxford University Press.
GORING, Paul (2008) Eighteenth Century Literature and Culture London: Continuum.
PORTER, Roy (1982) English Society in the Eighteenth Century Londres: Pelican.
ROGERS, Pat (ed) (1978) The Context of English Literature: The Eighteenth Century Londres: Methuen.
SOPER, Kate (2000) “The Idea of Nature” en Coupe (123 -126).
WILLIAMS, Raymond (1973) The Country and the City Londres: Routledge.
WILLIAMS, Raymond (1983) Keywords: A Vocabulary of Culture and Society Londres: Fontana.
WILLIAMS, Raymond (2000) “The Green Language” en Coupe (50-58).


Title: Nature in the Eighteenth Century English magazines.
Contacto: afloyd@udc.es

Volver arriba

www.000webhost.com